lunes, 19 de diciembre de 2016

Musa #2

Recuerdo una mañana de aquel otoño, que ya miraba sus primeros días de reojo. Recuerdo sentarme delante de mi amplio escritorio, compuesto exclusivamente por un enorme tablón de madera. Me recliné un poco, para no descuidar el trazo, y poder observarlo todo con la mayor minuciosidad posible.
Empecé a dibujar, y en seguida tuve que detenerme. Lo estaba visualizando todo de una forma tan intensa, que apenas podía concentrarme en hacer lo que mejor se me daba. Tomé aire, di un sorbo al café que me quedaba y seguí.

Empezaría por los caracoles que danzaban sobre su cuero cabelludo. Suaves, ensortijados, delicados. Poco a poco avancé, haciendo que, cada vez, se pareciera más a ella. Cuando peor lo pasé fue a la hora de intentar igualar ese azul de sus iris. No era exactamente el suyo, y no era en absoluto el que mi imaginación me pedía. Me bloqueé y supe que tenía que parar. No iba a hacerlo mal. Por ella, no podía destrozarlo.
Me monté en el coche, y subí a donde siempre. Y una vez allí, con el océano a mis pies, supe cuál era exactamente el tono de azul que tenía que utilizar. Volví con el coche, y sin pararlo subí corriendo a mi taller. Y lo hice, tal cual como era. Y no podía dejar de mirarlo. Y pasaban las horas, los días, los años, y seguí boquiabierto, mirando a mi musa. A esa chica que me inspiraba paz y eternidad. A esa chica que me daba la libertad que mi mente nunca me había permitido tener. Pero, era sólo eso, mi musa.

Y cuando vine a darme cuenta, yacía envejecido bajo su retrato. Rogando una y otra vez, que saliese del papel y se viniese conmigo, a escuchar todo lo que tenía que decirle, que preguntarle, o que, simplemente, transmitirle.

viernes, 11 de noviembre de 2016

Musa

Si bajases, me encontrarías.
Es oscuro, húmedo y frío,
este trastero mental en el que estoy.

Te veo pasar y te pienso delicada,
pero sólo puedo orientar mis ideas
en base a conjeturas.

Dame la oportunidad de vestirlas,
porque sé que la realidad encaja
a la perfección con mis sueños.

Porque siento esa suave piel,
sabiendo hacerte reír y cómo
crear un mundo nuevo entre ambos.

Para mi derrota, no te conozco.
No sé quien eres.
Y tampoco tengo forma de cambiarlo.

jueves, 21 de abril de 2016

Crux

Algunas mañanas me santiguo por inercia,
si veo que el gris es el color del día,
y aunque me vale cualquier creencia
no pienso que tenga alguna salida.

Me persigno porque así me enseñaron,
aunque podría raparme y vivir en el Tibet.
Esto no es cosa de moros y cristianos,
es cosa de saber cuando redimirme.

Si hacerme una cruz en la cara,
en mejor persona me conviertiera,
con un cuchillo de hoja afilada
me cortaría de la frente a la barbilla,
y de oreja a oreja.

Pero, ¿quién nos juzga desde arriba?
¿Por qué no me para cuando grito?
Se ríe en su insólito palacio,
esperando que la caguemos los proscritos.

Si un día bajas, si nos muestras tu grandeza,
pienso echarte en cara las maravillas
con las que pasamos ahogados meses
entre todos los colores de la naturaleza.

Baje, Dios, aquí lo esperamos.
Tenemos cuchillos en los dientes,
y garras para clavarnos, para agarrarnos
en cualquier impresentable
que nos diga a qué aferrarnos.

sábado, 16 de abril de 2016

The Only Thing Worth Fighting For

Me asomé a la entrada de mi escondite. Miré fuera y no vi nada espectacularmente llamativo. Me animé, y avancé un poco, llevaba tanto escondido que no sabía ni cómo era el Sol. Este empezó a romper contra mi piel, creándome auténtico dolor. Y en ese mismo instante, escuché una rama romperse bajo la pisada de alguien.

Estaba expuesto, me había confiado y me había dejado totalmente expuesto. Pero allí dentro… aquello no era vida. No iba a aguantar ni un segundo más rodeado de oscuridad.
Antes de que me dejasen el pecho como uno de esos cartones que utilizan en las comisarías, empecé a correr.
Los notaba detrás de mí, rompiendo todo a su paso. Estaba completamente histérico, ni siquiera sentía lo que pisaba sin zapatos. Corría como alma que llevaba el diablo, no sabía a donde, pero sabía que no podía parar. Escuché un tiro, pasó cerca. Conforme corría, veía sus caras en diferentes formas que hacían los troncos de aquellos árboles que conformaban el bosque. Todos con el mismo gesto de “¿por qué te has metido en esto?”.
No necesitaba darles ninguna explicación, lo había hecho porque había querido. Así era yo, impulsivo y a veces dependiente de mí mismo. En ese mismo instante lo vi. Estaba esperándome, entre dos árboles bastante altos. Llevaba puesto unos pantalones marrones a juego con una camisa beige de cuadros. Encima llevaba el precioso chaleco negro, que no iba a ser atravesado por plomo hoy. Sostenía en sus manos una escopeta recortada, que probablemente me abriese en dos.

En cuanto lo vi, supe que estaba totalmente perdido. Pero, ¿quién mejor que él para acabar con esto? Salí corriendo a su encuentro. En su cara podía leer perfectamente “no, por favor, no te acerques más”. Aumenté la velocidad, y el frunció el ceño. Acarició el gatillo, y apuntó directamente a mi corazón. Ahora se podía leer perfectamente “lo siento”, en sus ojos totalmente rotos. Y disparó, y me caí al suelo llenándome la cara de hojas muertas y barro. Casi tan muertas como mi alma. 


lunes, 29 de febrero de 2016

Tenis

Una vez, con alrededor de ocho, nueve, diez años me compré unos tenis (o zapas) bastante caros. Por aquella época mi hermana solía salir con un chico que las llevaba, y me encantaban.
Un buen día, mis padres y yo llegamos al Blanes del Copo, la tienda, en aquella época, por excelencia en la compra de cosas deportivas o tipo urban. Tras mucho insistir, conseguí que me las compraran. El niño caprichoso (aunque no os vayáis a pensar que todo me lo daban, es que aquel día di especialmente por saco) tenía sus tenis nuevos, así que nada más llegar a mi casa me los preparé: les puse los dos cordones que llevaban de colores, cambiándolos y dejándolos perfectos.
Me los puse y me sentí genial, ¡eran la bomba mis nuevas bambas!
Las admiré muchísimo, y las cuidé tanto, tanto tanto, que el día que quise ponérmelas, ya no me entraban los pies en ellas.
A día de hoy, cuando tengo algo que me gusta tantísimo lo uso mucho. Y de tanto viaje, acaba rompiéndose pronto. 

La cosa es que aprendí la lección; pero cuando hago o una cosa o la otra, obtengo el mismo resultado: un berrinche.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Redención

Valoré cada segundo de una vida marchita, con hedor a putrefacción. Me pasaba los segundos por los labios, intentando absorber la esencia que poseían. Exprimí hasta la última gota de cada uno de los minutos, y rompí con todos los relojes que intentaban salir conmigo. Las agujas sólo las utilizaba para coser, nunca para que dieran vueltas, en la mayor rutina que existe en este planeta.
Y al final, cuando encontré la verdad, cuando encontré el fin, porque si algo empieza, tristemente muere; me di cuenta, que tanto miedo había tenido con los segundos, que me había olvidado que el verdadero problema eran los años. Los años que nos envenenan. Que nos arrugan, que nos curten. Los años que pasan sin enterarte, y que cuando te enteras, es tarde. Y si algo se llevan consigo los años, son millones de sonrisas, de tu alrededor. Y ves cómo se cae el mundo, y los terremotos arrasan con los suelos; menos con tu islote particular. Qué envidia. Que misericordia. Gracias por dejarme solo ante tanta destrucción, siempre bajo la premisa: “No hay cojones a tirarse al vacío.”. La música ya no salía de esos altavoces. Los coches ya no tenían ruedas que lamiesen el asfalto. Que se dejaran el cuerpo trabajando. La vida no tenía árboles y los árboles sin vida no eran ni siquiera piedra. Las piedras se rompían por la mitad cual huevo, abriéndose a todo el mundo. Incluso el metal se doblaba, se hacía jirones. Y mientras contemplaba el caos, el hundimiento, el miedo; lo sentí. Lo sentí fuerte. Era la luz, la luz que me daba sobre la cabeza, y que hacía que me ardiera el pelo.
Me estaba yendo yo también. Que estén confesados allá donde voy, porque pienso volver a quemar hasta la última gota de carbón, sea donde sea.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Flotando

La respiración se une al quejido de los remos, conforme nos entrometemos en el abismo del fiordo. Remo lentamente, paladeándolo. Una casa se atreve a romper la ribera del fiordo. Con un muelle como recibidor, vemos a un hombre sonriendo y saludándonos. Le devuelvo el saludo, y sigo con la mente fija en mi objetivo. El azul del agua de los fiordos se sale de vuestra imaginación. No, no es el azul eterno típico de los océanos. Ni el aguamarina de las playas más exóticas del mundo. Es un azul bombardero, translúcido y dulce.
Conforme la barca llega al destino, dejo de remar. Por inercia avanza un poco más, pero apenas hay corrientes que no puedan llevar a ningún lado. Me quito la camiseta, me desabrocho el cinturón y me tiro al agua.
Con todo el cuerpo rodeado de líquido. Dejo de moverme. Suelto el aire de mis pulmones, y me quedo en una paz infinita. Me quedo en el mundo más tranquilo en el que he vivido. Podría pasarme décadas ahí.
Salgo a la superficie, cojo un largo trago de oxígeno, y vuelvo a sumergirme. Y mientras suelto el último aire que he robado, una mano coge la mía. Está caliente. Me gusta.

Y jamás volví de aquel fiordo.

martes, 9 de febrero de 2016

Cumpleaños

Siento mariposas en el estómago,
revolotean haciendo crujir mi interior.
Siento el amargo sabor del ácido
ascendiendo por mi garganta.
Tengo miedo de que sea fuego
que haya crecido dentro de mí.
Ojalá sólo salga de mi cabeza,
y que no haya chispazos de confetti.

Cierro los ojos, así lo afronto.
Muerdo fuerte mis encías,
mastico lentamente el corrosivo
pues sé que mañana,
habrá hecho cenizas mi ombligo.
Me cansa que sea lento, que me agote.
Me decepciona que no sea veloz,
que no me impresione.
Espero que dé la luz que vosotros esperáis
pues esto no lo hago por mí.
Me rompo en dos, me deshielo.
Nos vemos mañana, o eso anhelo.


[Queda inaugurado esto. Veremos a ver qué sale de aquí.]