La respiración se une al quejido de los remos, conforme nos
entrometemos en el abismo del fiordo. Remo lentamente, paladeándolo. Una casa se atreve a romper la ribera del fiordo. Con un muelle como recibidor, vemos a
un hombre sonriendo y saludándonos. Le devuelvo el saludo, y sigo con la mente
fija en mi objetivo. El azul del agua de los fiordos se sale de vuestra
imaginación. No, no es el azul eterno típico de los océanos. Ni el aguamarina
de las playas más exóticas del mundo. Es un azul bombardero, translúcido y
dulce.
Conforme la barca llega al destino, dejo de remar. Por
inercia avanza un poco más, pero apenas hay corrientes que no puedan llevar a
ningún lado. Me quito la camiseta, me desabrocho el cinturón y me tiro al agua.
Con todo el cuerpo rodeado de líquido. Dejo de moverme.
Suelto el aire de mis pulmones, y me quedo en una paz infinita. Me quedo en el
mundo más tranquilo en el que he vivido. Podría pasarme décadas ahí.
Salgo a la superficie, cojo un largo trago de oxígeno, y
vuelvo a sumergirme. Y mientras suelto el último aire que he robado, una mano
coge la mía. Está caliente. Me gusta.
Y jamás volví de aquel fiordo.
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