lunes, 29 de febrero de 2016

Tenis

Una vez, con alrededor de ocho, nueve, diez años me compré unos tenis (o zapas) bastante caros. Por aquella época mi hermana solía salir con un chico que las llevaba, y me encantaban.
Un buen día, mis padres y yo llegamos al Blanes del Copo, la tienda, en aquella época, por excelencia en la compra de cosas deportivas o tipo urban. Tras mucho insistir, conseguí que me las compraran. El niño caprichoso (aunque no os vayáis a pensar que todo me lo daban, es que aquel día di especialmente por saco) tenía sus tenis nuevos, así que nada más llegar a mi casa me los preparé: les puse los dos cordones que llevaban de colores, cambiándolos y dejándolos perfectos.
Me los puse y me sentí genial, ¡eran la bomba mis nuevas bambas!
Las admiré muchísimo, y las cuidé tanto, tanto tanto, que el día que quise ponérmelas, ya no me entraban los pies en ellas.
A día de hoy, cuando tengo algo que me gusta tantísimo lo uso mucho. Y de tanto viaje, acaba rompiéndose pronto. 

La cosa es que aprendí la lección; pero cuando hago o una cosa o la otra, obtengo el mismo resultado: un berrinche.

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