Valoré cada segundo de una vida marchita, con hedor a
putrefacción. Me pasaba los segundos por los labios, intentando absorber la
esencia que poseían. Exprimí hasta la última gota de cada uno de los minutos, y
rompí con todos los relojes que intentaban salir conmigo. Las agujas sólo las
utilizaba para coser, nunca para que dieran vueltas, en la mayor rutina que
existe en este planeta.
Y al final, cuando encontré la verdad, cuando encontré el fin, porque si algo
empieza, tristemente muere; me di cuenta, que tanto miedo había tenido con los
segundos, que me había olvidado que el verdadero problema eran los años. Los
años que nos envenenan. Que nos arrugan, que nos curten. Los años que pasan sin
enterarte, y que cuando te enteras, es tarde. Y si algo se llevan consigo los
años, son millones de sonrisas, de tu alrededor. Y ves cómo se cae el mundo, y
los terremotos arrasan con los suelos; menos con tu islote particular. Qué
envidia. Que misericordia. Gracias por dejarme solo ante tanta destrucción,
siempre bajo la premisa: “No hay cojones a tirarse al vacío.”. La música ya no
salía de esos altavoces. Los coches ya no tenían ruedas que lamiesen el
asfalto. Que se dejaran el cuerpo trabajando. La vida no tenía árboles y los
árboles sin vida no eran ni siquiera piedra. Las piedras se rompían por la
mitad cual huevo, abriéndose a todo el mundo. Incluso el metal se doblaba, se
hacía jirones. Y mientras contemplaba el caos, el hundimiento, el miedo; lo
sentí. Lo sentí fuerte. Era la luz, la luz que me daba sobre la cabeza, y que
hacía que me ardiera el pelo.
Me estaba yendo yo también. Que estén confesados allá donde
voy, porque pienso volver a quemar hasta la última gota de carbón, sea donde
sea.
Desgarrador.
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