Me asomé a la entrada de mi escondite. Miré fuera y no vi
nada espectacularmente llamativo. Me animé, y avancé un poco, llevaba tanto
escondido que no sabía ni cómo era el Sol. Este empezó a romper contra mi piel,
creándome auténtico dolor. Y en ese mismo instante, escuché una rama romperse
bajo la pisada de alguien.
Estaba expuesto, me había confiado y me había dejado totalmente expuesto. Pero
allí dentro… aquello no era vida. No iba a aguantar ni un segundo más rodeado
de oscuridad.
Antes de que me dejasen el pecho como uno de esos cartones que utilizan en las
comisarías, empecé a correr.
Los notaba detrás de mí, rompiendo todo a su paso. Estaba completamente
histérico, ni siquiera sentía lo que pisaba sin zapatos. Corría como alma que
llevaba el diablo, no sabía a donde, pero sabía que no podía parar. Escuché un
tiro, pasó cerca. Conforme corría, veía sus caras en diferentes formas que
hacían los troncos de aquellos árboles que conformaban el bosque. Todos con el
mismo gesto de “¿por qué te has metido en esto?”.
No necesitaba darles ninguna explicación, lo había hecho
porque había querido. Así era yo, impulsivo y a veces dependiente de mí mismo.
En ese mismo instante lo vi. Estaba esperándome, entre dos árboles bastante
altos. Llevaba puesto unos pantalones marrones a juego con una camisa beige de
cuadros. Encima llevaba el precioso chaleco negro, que no iba a ser atravesado
por plomo hoy. Sostenía en sus manos una escopeta recortada, que probablemente
me abriese en dos.
En cuanto lo vi, supe que estaba totalmente perdido. Pero, ¿quién mejor que él
para acabar con esto? Salí corriendo a su encuentro. En su cara podía leer
perfectamente “no, por favor, no te acerques más”. Aumenté la velocidad, y el
frunció el ceño. Acarició el gatillo, y apuntó directamente a mi corazón. Ahora
se podía leer perfectamente “lo siento”, en sus ojos totalmente rotos. Y
disparó, y me caí al suelo llenándome la cara de hojas muertas y barro. Casi
tan muertas como mi alma.
No hay comentarios:
Publicar un comentario