Recuerdo una mañana de aquel otoño, que ya miraba sus
primeros días de reojo. Recuerdo sentarme delante de mi amplio escritorio,
compuesto exclusivamente por un enorme tablón de madera. Me recliné un poco,
para no descuidar el trazo, y poder observarlo todo con la mayor minuciosidad
posible.
Empecé a dibujar, y en seguida tuve que detenerme. Lo estaba visualizando todo
de una forma tan intensa, que apenas podía concentrarme en hacer lo que mejor
se me daba. Tomé aire, di un sorbo al café que me quedaba y seguí.
Empezaría por los caracoles que danzaban sobre su cuero
cabelludo. Suaves, ensortijados, delicados. Poco a poco avancé, haciendo que,
cada vez, se pareciera más a ella. Cuando peor lo pasé fue a la hora de
intentar igualar ese azul de sus iris. No era exactamente el suyo, y no era en
absoluto el que mi imaginación me pedía. Me bloqueé y supe que tenía que parar.
No iba a hacerlo mal. Por ella, no podía destrozarlo.
Me monté en el coche, y subí a donde siempre. Y una vez
allí, con el océano a mis pies, supe cuál era exactamente el tono de azul que
tenía que utilizar. Volví con el coche, y sin pararlo subí corriendo a mi
taller. Y lo hice, tal cual como era. Y no podía dejar de mirarlo. Y pasaban
las horas, los días, los años, y seguí boquiabierto, mirando a mi musa. A esa
chica que me inspiraba paz y eternidad. A esa chica que me daba la libertad que
mi mente nunca me había permitido tener. Pero, era sólo eso, mi musa.
Y cuando vine a darme cuenta, yacía envejecido bajo su
retrato. Rogando una y otra vez, que saliese del papel y se viniese conmigo, a
escuchar todo lo que tenía que decirle, que preguntarle, o que, simplemente,
transmitirle.
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