lunes, 29 de febrero de 2016

Tenis

Una vez, con alrededor de ocho, nueve, diez años me compré unos tenis (o zapas) bastante caros. Por aquella época mi hermana solía salir con un chico que las llevaba, y me encantaban.
Un buen día, mis padres y yo llegamos al Blanes del Copo, la tienda, en aquella época, por excelencia en la compra de cosas deportivas o tipo urban. Tras mucho insistir, conseguí que me las compraran. El niño caprichoso (aunque no os vayáis a pensar que todo me lo daban, es que aquel día di especialmente por saco) tenía sus tenis nuevos, así que nada más llegar a mi casa me los preparé: les puse los dos cordones que llevaban de colores, cambiándolos y dejándolos perfectos.
Me los puse y me sentí genial, ¡eran la bomba mis nuevas bambas!
Las admiré muchísimo, y las cuidé tanto, tanto tanto, que el día que quise ponérmelas, ya no me entraban los pies en ellas.
A día de hoy, cuando tengo algo que me gusta tantísimo lo uso mucho. Y de tanto viaje, acaba rompiéndose pronto. 

La cosa es que aprendí la lección; pero cuando hago o una cosa o la otra, obtengo el mismo resultado: un berrinche.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Redención

Valoré cada segundo de una vida marchita, con hedor a putrefacción. Me pasaba los segundos por los labios, intentando absorber la esencia que poseían. Exprimí hasta la última gota de cada uno de los minutos, y rompí con todos los relojes que intentaban salir conmigo. Las agujas sólo las utilizaba para coser, nunca para que dieran vueltas, en la mayor rutina que existe en este planeta.
Y al final, cuando encontré la verdad, cuando encontré el fin, porque si algo empieza, tristemente muere; me di cuenta, que tanto miedo había tenido con los segundos, que me había olvidado que el verdadero problema eran los años. Los años que nos envenenan. Que nos arrugan, que nos curten. Los años que pasan sin enterarte, y que cuando te enteras, es tarde. Y si algo se llevan consigo los años, son millones de sonrisas, de tu alrededor. Y ves cómo se cae el mundo, y los terremotos arrasan con los suelos; menos con tu islote particular. Qué envidia. Que misericordia. Gracias por dejarme solo ante tanta destrucción, siempre bajo la premisa: “No hay cojones a tirarse al vacío.”. La música ya no salía de esos altavoces. Los coches ya no tenían ruedas que lamiesen el asfalto. Que se dejaran el cuerpo trabajando. La vida no tenía árboles y los árboles sin vida no eran ni siquiera piedra. Las piedras se rompían por la mitad cual huevo, abriéndose a todo el mundo. Incluso el metal se doblaba, se hacía jirones. Y mientras contemplaba el caos, el hundimiento, el miedo; lo sentí. Lo sentí fuerte. Era la luz, la luz que me daba sobre la cabeza, y que hacía que me ardiera el pelo.
Me estaba yendo yo también. Que estén confesados allá donde voy, porque pienso volver a quemar hasta la última gota de carbón, sea donde sea.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Flotando

La respiración se une al quejido de los remos, conforme nos entrometemos en el abismo del fiordo. Remo lentamente, paladeándolo. Una casa se atreve a romper la ribera del fiordo. Con un muelle como recibidor, vemos a un hombre sonriendo y saludándonos. Le devuelvo el saludo, y sigo con la mente fija en mi objetivo. El azul del agua de los fiordos se sale de vuestra imaginación. No, no es el azul eterno típico de los océanos. Ni el aguamarina de las playas más exóticas del mundo. Es un azul bombardero, translúcido y dulce.
Conforme la barca llega al destino, dejo de remar. Por inercia avanza un poco más, pero apenas hay corrientes que no puedan llevar a ningún lado. Me quito la camiseta, me desabrocho el cinturón y me tiro al agua.
Con todo el cuerpo rodeado de líquido. Dejo de moverme. Suelto el aire de mis pulmones, y me quedo en una paz infinita. Me quedo en el mundo más tranquilo en el que he vivido. Podría pasarme décadas ahí.
Salgo a la superficie, cojo un largo trago de oxígeno, y vuelvo a sumergirme. Y mientras suelto el último aire que he robado, una mano coge la mía. Está caliente. Me gusta.

Y jamás volví de aquel fiordo.

martes, 9 de febrero de 2016

Cumpleaños

Siento mariposas en el estómago,
revolotean haciendo crujir mi interior.
Siento el amargo sabor del ácido
ascendiendo por mi garganta.
Tengo miedo de que sea fuego
que haya crecido dentro de mí.
Ojalá sólo salga de mi cabeza,
y que no haya chispazos de confetti.

Cierro los ojos, así lo afronto.
Muerdo fuerte mis encías,
mastico lentamente el corrosivo
pues sé que mañana,
habrá hecho cenizas mi ombligo.
Me cansa que sea lento, que me agote.
Me decepciona que no sea veloz,
que no me impresione.
Espero que dé la luz que vosotros esperáis
pues esto no lo hago por mí.
Me rompo en dos, me deshielo.
Nos vemos mañana, o eso anhelo.


[Queda inaugurado esto. Veremos a ver qué sale de aquí.]