Una vez, con alrededor de ocho, nueve, diez años me compré unos tenis (o zapas) bastante caros. Por aquella época mi hermana solía salir con un chico que las llevaba, y me encantaban.
Un buen día, mis padres y yo llegamos al Blanes del Copo, la tienda, en aquella época, por excelencia en la compra de cosas deportivas o tipo urban. Tras mucho insistir, conseguí que me las compraran. El niño caprichoso (aunque no os vayáis a pensar que todo me lo daban, es que aquel día di especialmente por saco) tenía sus tenis nuevos, así que nada más llegar a mi casa me los preparé: les puse los dos cordones que llevaban de colores, cambiándolos y dejándolos perfectos.
Me los puse y me sentí genial, ¡eran la bomba mis nuevas bambas!
Las admiré muchísimo, y las cuidé tanto, tanto tanto, que el día que quise ponérmelas, ya no me entraban los pies en ellas.
Un buen día, mis padres y yo llegamos al Blanes del Copo, la tienda, en aquella época, por excelencia en la compra de cosas deportivas o tipo urban. Tras mucho insistir, conseguí que me las compraran. El niño caprichoso (aunque no os vayáis a pensar que todo me lo daban, es que aquel día di especialmente por saco) tenía sus tenis nuevos, así que nada más llegar a mi casa me los preparé: les puse los dos cordones que llevaban de colores, cambiándolos y dejándolos perfectos.
Me los puse y me sentí genial, ¡eran la bomba mis nuevas bambas!
Las admiré muchísimo, y las cuidé tanto, tanto tanto, que el día que quise ponérmelas, ya no me entraban los pies en ellas.
A día de hoy, cuando tengo algo que me gusta tantísimo lo uso mucho. Y de tanto viaje, acaba rompiéndose pronto.
La cosa es que aprendí la lección; pero cuando hago o una cosa o la otra, obtengo el mismo resultado: un berrinche.