jueves, 21 de abril de 2016

Crux

Algunas mañanas me santiguo por inercia,
si veo que el gris es el color del día,
y aunque me vale cualquier creencia
no pienso que tenga alguna salida.

Me persigno porque así me enseñaron,
aunque podría raparme y vivir en el Tibet.
Esto no es cosa de moros y cristianos,
es cosa de saber cuando redimirme.

Si hacerme una cruz en la cara,
en mejor persona me conviertiera,
con un cuchillo de hoja afilada
me cortaría de la frente a la barbilla,
y de oreja a oreja.

Pero, ¿quién nos juzga desde arriba?
¿Por qué no me para cuando grito?
Se ríe en su insólito palacio,
esperando que la caguemos los proscritos.

Si un día bajas, si nos muestras tu grandeza,
pienso echarte en cara las maravillas
con las que pasamos ahogados meses
entre todos los colores de la naturaleza.

Baje, Dios, aquí lo esperamos.
Tenemos cuchillos en los dientes,
y garras para clavarnos, para agarrarnos
en cualquier impresentable
que nos diga a qué aferrarnos.

sábado, 16 de abril de 2016

The Only Thing Worth Fighting For

Me asomé a la entrada de mi escondite. Miré fuera y no vi nada espectacularmente llamativo. Me animé, y avancé un poco, llevaba tanto escondido que no sabía ni cómo era el Sol. Este empezó a romper contra mi piel, creándome auténtico dolor. Y en ese mismo instante, escuché una rama romperse bajo la pisada de alguien.

Estaba expuesto, me había confiado y me había dejado totalmente expuesto. Pero allí dentro… aquello no era vida. No iba a aguantar ni un segundo más rodeado de oscuridad.
Antes de que me dejasen el pecho como uno de esos cartones que utilizan en las comisarías, empecé a correr.
Los notaba detrás de mí, rompiendo todo a su paso. Estaba completamente histérico, ni siquiera sentía lo que pisaba sin zapatos. Corría como alma que llevaba el diablo, no sabía a donde, pero sabía que no podía parar. Escuché un tiro, pasó cerca. Conforme corría, veía sus caras en diferentes formas que hacían los troncos de aquellos árboles que conformaban el bosque. Todos con el mismo gesto de “¿por qué te has metido en esto?”.
No necesitaba darles ninguna explicación, lo había hecho porque había querido. Así era yo, impulsivo y a veces dependiente de mí mismo. En ese mismo instante lo vi. Estaba esperándome, entre dos árboles bastante altos. Llevaba puesto unos pantalones marrones a juego con una camisa beige de cuadros. Encima llevaba el precioso chaleco negro, que no iba a ser atravesado por plomo hoy. Sostenía en sus manos una escopeta recortada, que probablemente me abriese en dos.

En cuanto lo vi, supe que estaba totalmente perdido. Pero, ¿quién mejor que él para acabar con esto? Salí corriendo a su encuentro. En su cara podía leer perfectamente “no, por favor, no te acerques más”. Aumenté la velocidad, y el frunció el ceño. Acarició el gatillo, y apuntó directamente a mi corazón. Ahora se podía leer perfectamente “lo siento”, en sus ojos totalmente rotos. Y disparó, y me caí al suelo llenándome la cara de hojas muertas y barro. Casi tan muertas como mi alma.